
Ser arquitecto en 1990 vs. 2026: cambió la profesión, ¿cambió también la manera de dirigir un estudio?
En apenas 37 años, la arquitectura pasó del tablero de dibujo a la inteligencia artificial. Cambiaron las herramientas, la formación y las posibilidades de conseguir proyectos. Pero algunas formas de trabajar siguen siendo sorprendentemente parecidas a las de 1990.

Constanza Sánchez
Fundadora de Arquido
Nací en 1989. Tengo prácticamente la misma edad que una de las grandes transformaciones de nuestra profesión: el paso del dibujo manual al diseño asistido por computadora. Cuando yo nací, muchos arquitectos todavía trabajaban frente a un tablero, consultaban revistas para conocer proyectos de otros países y conseguían clientes principalmente a través de contactos y recomendaciones. Hoy podemos generar imágenes con inteligencia artificial, trabajar con clientes a miles de kilómetros y mostrar nuestros proyectos a personas que jamás escucharon nuestro nombre. Y, sin embargo, hay algo que me llama la atención: muchos estudios siguen consiguiendo clientes prácticamente de la misma manera que hace 37 años. ¿Cómo cambió tanto nuestra profesión y tan poco algunas formas de ejercerla?
Ser arquitecto en 1990: cuando el tablero todavía era protagonista
Imaginemos un estudio de arquitectura a principios de los noventa.
Mesas de dibujo, reglas, escuadras, escalímetros, papel vegetal, rotrings y carpetas llenas de planos.
Un cambio de distribución podía implicar volver a dibujar una parte importante del proyecto. Una modificación en una planta debía trasladarse cuidadosamente a cortes, vistas y otros documentos.
Las copias requerían procesos físicos. Los planos se guardaban, transportaban y entregaban en papel.
Eso no significa que en 1990 todos los arquitectos trabajaran exclusivamente a mano.
AutoCAD había aparecido en 1982 y el diseño asistido por computadora llevaba años desarrollándose. Pero su incorporación fue progresiva: convivieron durante mucho tiempo estudios completamente manuales, estudios informatizados y otros que utilizaban ambos métodos.
El cambio no fue solamente reemplazar el rotring por un mouse.
La computadora modificó los tiempos de producción, la posibilidad de corregir, la organización de los archivos y las habilidades que empezaron a exigirse a los profesionales.
Hoy, cuando vemos una herramienta de inteligencia artificial generar una imagen en segundos, vale la pena recordar que el paso del tablero a la computadora también exigió una transformación profunda.
La diferencia es que aquella transición se extendió durante años. Hoy, algunas herramientas cambian antes de que terminemos de aprender a utilizarlas.
2. Cómo se aprendía arquitectura antes de internet
Hay otra parte de esta historia que me interesa especialmente.
Tengo 37 años y me recibí de arquitecta hace unos trece, en la Universidad Nacional de La Plata.
Muchos de los profesores que me enseñaron habían estudiado en una época en la que el tablero era la herramienta principal.
Y a ellos, a su vez, los habían formado arquitectos de una generación todavía anterior.
Si empezamos a hacer las cuentas, aprendemos una profesión de personas que aprendieron a ejercerla en un mundo que ya no existe.
Y no lo digo como una crítica a quienes nos enseñaron.
La arquitectura tiene conocimientos que atraviesan generaciones: proporción, espacio, estructura, materialidad, construcción, pensamiento crítico y capacidad de proyectar.
Esos conocimientos no pierden valor porque aparezca un nuevo software.
Pero las condiciones en las que ejercemos sí cambian.
En 1990, acceder a referencias arquitectónicas de otros países podía requerir libros importados, revistas especializadas, viajes, bibliotecas o el contacto con otros profesionales.
Hoy un estudiante puede consultar documentación, ver conferencias, aprender un programa, explorar proyectos internacionales y conversar con herramientas de IA desde una computadora o desde el celular.
Eso amplió enormemente el acceso al conocimiento.
Pero también produjo un problema nuevo: tener información disponible no significa necesariamente saber interpretarla.
Antes, una parte importante del esfuerzo estaba en conseguir la información. Hoy, cada vez más, está en seleccionar, contrastar y utilizarla con criterio.
¿Para qué mundo estamos formando a los arquitectos que ingresan hoy?
Una carrera de arquitectura puede durar cinco o seis años, como mínimo.
Un estudiante que empieza en 2026 podría comenzar a ejercer profesionalmente en 2031 o 2032.
¿Sabemos qué herramientas utilizará entonces? ¿Cómo serán los procesos de diseño? ¿Qué tareas se automatizarán? ¿Qué nuevas especialidades aparecerán?
No.
Y probablemente tampoco lo sabían nuestros profesores cuando nos enseñaban.
Por eso creo que una parte fundamental de la formación profesional es aprender a seguir aprendiendo.
No podemos esperar que la universidad nos entregue, de una vez y para siempre, todas las herramientas necesarias para los siguientes cuarenta años de ejercicio.
3. De AutoCAD a la inteligencia artificial: ¿qué cambió realmente?
Cuando apareció el diseño asistido por computadora, se transformó una parte central del trabajo de los estudios: la producción de documentación gráfica.
Con el tiempo llegaron herramientas de modelado tridimensional, visualización, coordinación de proyectos y BIM.
Hoy la inteligencia artificial incorpora nuevas posibilidades: explorar alternativas, producir imágenes, organizar información, asistir en tareas repetitivas y acelerar determinados procesos.
Cada transformación cambia la relación entre el tiempo de trabajo y el resultado que podemos producir.
Pero conviene distinguir dos cosas.
Una herramienta puede automatizar una tarea sin reemplazar necesariamente toda la profesión que la realiza.
Dibujar una planta no es lo mismo que decidir cómo debe organizarse un edificio. Generar una imagen no equivale a resolver su viabilidad técnica, económica o normativa.
Al mismo tiempo, sería ingenuo pensar que estas tecnologías no van a modificar el mercado laboral, los honorarios, las expectativas de los clientes y las capacidades que se valoran.
La pregunta interesante no es solamente qué programa vamos a utilizar.
Es qué parte de nuestro trabajo seguirá aportando valor cuando determinadas tareas requieran mucho menos tiempo.
Y cómo vamos a explicar ese valor a quienes nos contratan.
4. Cómo conseguían clientes los estudios de arquitectura en 1990
Ahora salgamos del tablero y pensemos en el negocio.
¿Cómo llegaba un nuevo cliente a un estudio de arquitectura a principios de los noventa?
Las recomendaciones personales, las relaciones profesionales, la reputación construida durante años y la presencia en una ciudad o región tenían una importancia considerable.
Un arquitecto podía recibir un encargo porque había trabajado para un familiar, porque un empresario conocía su trayectoria o porque alguien le había recomendado su nombre.
En determinados mercados, los estudios con una historia familiar o una trayectoria reconocida partían con una ventaja evidente.
Por supuesto, existían concursos, licitaciones, publicaciones especializadas y otras formas de acceder a proyectos. No toda la profesión funcionaba exclusivamente por contactos.
Pero para muchos estudios, el entorno cercano era fundamental.
Y construir reputación fuera de ese entorno resultaba considerablemente más difícil.
No había una página de Instagram donde mostrar un proyecto recién terminado.
No era habitual que un potencial cliente pudiera encontrar decenas de estudios en Google, revisar sus trabajos y solicitar una reunión desde otra ciudad.
La visibilidad tenía otras condiciones y otros costos.
Abrir un estudio propio: antes y ahora
Tampoco deberíamos idealizar el presente.
Hoy abrir un estudio sigue siendo difícil. Se necesita experiencia, capacidad profesional, recursos, clientes y una estructura que permita sostener la actividad.
Pero las barreras para comunicar y dar a conocer ese estudio son distintas.
Un arquitecto que empieza puede desarrollar una marca, publicar proyectos, explicar su especialidad, crear una web y llegar a personas que no pertenecen a su círculo de conocidos.
Puede construir relaciones comerciales más allá de su ciudad y colaborar con profesionales de otros países.
Eso no garantiza conseguir clientes.
Pero sí modifica las posibilidades de entrada al mercado.
Antes, gran parte de la visibilidad se acumulaba a través de años de trayectoria y relaciones personales. Hoy también puede construirse mediante una comunicación deliberada, consistente y dirigida a un público concreto.
5. El boca a boca: lo que sigue funcionando casi igual
Acá aparece una de las contradicciones que más vemos trabajando con estudios de arquitectura.
En nuestras primeras reuniones solemos preguntar cómo consiguen nuevos clientes.
Y una respuesta se repite muchísimo: Principalmente por recomendaciones
No es una respuesta mala.
Que alguien recomiende un estudio después de haber trabajado con él es una señal valiosa. En una contratación tan importante como un proyecto de arquitectura, la confianza tiene un peso enorme.
Además, las recomendaciones siguen siendo relevantes en el sector.
El problema no es el boca a boca.
El problema es depender exclusivamente de él sin saber cuándo llegará el próximo proyecto.
Pensemos en un estudio que tiene un excelente equipo, proyectos bien resueltos y clientes satisfechos.
Durante unos meses recibe varias recomendaciones y cierra nuevos trabajos.
Después termina una obra, se retrasa otra y pasan semanas sin nuevas consultas.
El estudio no necesariamente empeoró su servicio. Tampoco perdió capacidad profesional.
Simplemente no tiene demasiado control sobre cuándo alguien decide recomendarlo.
Y eso afecta a la planificación, la contratación de personal, las inversiones y la estabilidad del negocio.
Las recomendaciones no son una estrategia completa de captación.
Una recomendación puede ser el inicio de una relación comercial.
Pero hoy esa persona probablemente también busque el nombre del estudio, visite su web, revise sus proyectos o consulte sus redes antes de tomar una decisión.
¿Qué encuentra cuando lo hace?
¿Entiende qué tipo de proyectos desarrolla el estudio?
¿Puede identificar para quién trabaja?
¿Encuentra ejemplos relevantes para su necesidad?
¿Sabe cómo contactarlo y qué ocurrirá después?
La reputación personal sigue siendo importante. La diferencia es que ahora también existe una experiencia digital que puede reforzarla o debilitarla.
No se trata de reemplazar las recomendaciones por publicidad.
Se trata de construir otras formas de generar oportunidades y de facilitar que las personas adecuadas conozcan el estudio.
6. Cambió cómo los clientes buscan y eligen arquitectos
En 1990, un cliente podía tener acceso a un número relativamente limitado de profesionales, especialmente si buscaba dentro de su ciudad.
Hoy puede descubrir estudios a través de buscadores, redes sociales, publicaciones, recomendaciones digitales y plataformas especializadas.
También puede comparar proyectos y propuestas antes de realizar el primer contacto.
Eso significa que los estudios compiten por algo más que la calidad de su arquitectura.
Compiten por ser encontrados, comprendidos, recordados y considerados.
Un estudio puede realizar excelentes proyectos comerciales, pero si toda su comunicación consiste en fotografías sin contexto, quizás un empresario que necesita reformar su restaurante no llegue a entender qué puede hacer ese equipo por su negocio.
Otro estudio puede tener mucha experiencia en desarrollos inmobiliarios, pero si su web no explica qué servicios ofrece a inversores o propietarios de terrenos, puede perder oportunidades frente a competidores que sí lo comunican.
Y un estudio joven puede tener una propuesta muy clara y encontrar clientes sin necesitar décadas de trayectoria.
La arquitectura sigue siendo el centro del servicio.
Pero la manera de presentarla y comercializarla también influye en las oportunidades que llegan.
7. La transformación digital de un estudio no empieza comprando software
Cuando hablamos de digitalización en arquitectura, solemos pensar en herramientas de diseño.
AutoCAD. Revit. BIM. Renderizado. Inteligencia artificial.
Pero un estudio es también un negocio que necesita conseguir proyectos, gestionar relaciones, presentar propuestas, cobrar honorarios y tomar decisiones comerciales.
Y esa parte del negocio también cambió.
Un estudio puede trabajar con la última tecnología de modelado y seguir teniendo una comunicación improvisada, una web desactualizada y ningún proceso definido para atender nuevas consultas.
Puede producir imágenes increibles sin haber pensado qué tipo de clientes quiere atraer.
Puede publicar todas las semanas y no saber si ese contenido está llegando a quienes podrían contratarlo.
Por eso, modernizar un estudio no significa solamente actualizar sus herramientas de producción.
También implica revisar cómo funciona su negocio.
¿Qué debería revisar hoy un estudio de arquitectura?
Su posicionamiento: qué tipo de trabajos quiere realizar, para qué clientes y por qué razones deberían elegirlo.
Sus servicios: cómo organiza y presenta lo que ofrece, y si esa oferta responde a necesidades concretas del mercado.
Su marca y comunicación: si lo que muestra permite comprender su experiencia, su criterio y el valor de su trabajo.
Su presencia digital: si una persona que descubre el estudio puede encontrar información suficiente para evaluar una posible contratación.
Su proceso comercial: qué sucede desde que alguien realiza una consulta hasta que recibe una propuesta y toma una decisión.
Su captación de clientes: qué acciones desarrolla para generar nuevas oportunidades, además de esperar recomendaciones.
No todos los estudios necesitan las mismas herramientas ni los mismos canales.
Un estudio especializado en grandes desarrollos inmobiliarios no debería construir su estrategia comercial de la misma manera que uno dedicado a reformas residenciales.
La elección depende de los proyectos que quiere conseguir y de las personas que toman las decisiones de contratación.
8. La profesión que estudié y el trabajo al que terminé dedicándome
Cuando empecé arquitectura no imaginaba que terminaría trabajando en marketing.
Me formé como arquitecta, trabajé en estudios y constructoras, desarrollé anteproyectos como freelance durante muchos años.
Con el tiempo empecé a interesarme por otras preguntas.
¿Por qué algunos estudios conseguían determinados proyectos y otros no?
¿Cómo se construía una reputación?
¿Qué hacía que una persona eligiera a un profesional?
¿Cómo se presentaban los servicios? ¿Cómo se conseguían clientes? ¿Cómo se sostenía un negocio creativo?
Ese interés me llevó al mundo de las marcas, la comunicación, el posicionamiento y el marketing digital.
Y terminó convirtiéndose en mi trabajo.
Hoy, junto con mi hermana Martina, desde Arquido ayudamos a estudios de arquitectura a definir su dirección y llevarla a la práctica.
Trabajamos sobre estrategia, servicios, posicionamiento, identidad, páginas web, comunicación y sistemas de captación.
No porque todos los estudios deban transformarse en empresas de marketing.
Sino porque creemos que un buen estudio necesita algo más que capacidad para proyectar: también necesita saber cómo construir y sostener su negocio.
En cierta forma, sigo haciendo algo muy parecido a lo que aprendí en la facultad.
Analizar un problema. Entender un contexto. Definir objetivos. Tomar decisiones. Diseñar una solución. Desarrollarla y ajustarla.
Solo que ahora, en lugar de proyectar edificios, proyecto estrategias para estudios de arquitectura.
9. ¿Cómo será ser arquitecto en 2030?
No sabemos exactamente qué herramientas utilizaremos dentro de cuatro años.
Tampoco sabemos cómo evolucionará la inteligencia artificial, qué tareas se automatizarán o qué nuevas especialidades surgirán.
Lo que sí sabemos es que nuestra profesión ya atravesó transformaciones enormes.
Pasamos del tablero al CAD, del dibujo bidimensional al modelado de información, de las carpetas impresas a los portfolios digitales y de una visibilidad principalmente local a la posibilidad de trabajar con clientes de diferentes países.
Cada etapa trajo nuevas oportunidades y nuevas exigencias.
Y ninguna eliminó la necesidad de pensar, tomar decisiones y adaptarse.
Quizás la pregunta no sea si estamos preparados para el próximo cambio.
Probablemente nunca lo estemos del todo.
La pregunta es si estamos construyendo estudios capaces de adaptarse sin tener que empezar de cero cada vez que cambia el mundo.
Porque la arquitectura de 2030 seguramente será distinta a la de hoy.
Y la manera de conseguir clientes, comunicar nuestro trabajo y dirigir un estudio también seguirá evolucionando.
La profesión cambió muchísimo desde 1989.
Todavía tenemos mucho por aprender.
¿Querés preparar tu estudio para la etapa que viene?
En Arquido abajamos con estudios de arquitectura en su posicionamiento, estrategia, marca, comunicación y captación de clientes.

